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Allí estaba Coco, con la cabeza gacha, afligido por la muerte de su abuelo José. Su abuela, Antonia, que por aquellos días contaba con algo más de 80 años, lo miró con dulzura. «Te voy a contar una historia feliz», le dijo. Y con voz calma y las pausas justas, comenzó.
«Hace muchos años mi casa quedaba sobre la calle Cochabamba en el Barrio de Boedo y, a 200 metros, vivía tu abuelo José. Yo había nacido en un hogar típico de familia italiana. Mis hermanos varones, todos mayores, fueron cuidándome a lo largo de mi niñez, adolescencia y juventud.
José, en cambio, venía de una familia de españoles con varios hermanos varones, de los cuales él era el mayor. La vida de tu abuelo fue de aprendizaje permanente; tal como su padre, sus días estaban únicamente dedicados a su trabajo como electromecánico: overol, valija con herramientas y a trabajar donde hiciera falta.
Gracias a su oficio, él formó parte en la instalación completa para el funcionamiento de la famosa pileta «La Salada», de la puesta a punto de todo el Hospital de Haedo y como fabricante de una batería para uno de los aviones de Don Jorge Newbery.
José fue guitarrero de alma y, así mismo, participó activamente en la desgraciada Semana Trágica del 7 al 14 de enero de 1919. Combatió desde una terraza, durante los diez días en los que ocurrieron aquellos sangrientos hechos.
La vida desde la ventana

«Mi vida, en cambio, era mucho más sencilla y tranquila. Acorde con la época, yo era una niña y joven de casa; vivía puertas adentro, con vigiladores permanentes y sin tener la posibilidad de socializar más que en el ámbito familiar. Pero había un lugar especial y casi secreto para mi alma curiosa: mi ventana. Desde allí, podía ver pasar el tiempo y la vida. Pero lo que más disfrutaba era ver a los tranvías, que circulaban frente a mí.
José, que ya era un hombre y me llevaba 13 años, pasaba habitualmente frente a mi ventana. Con sus ojos vivaces, buscaba tener suerte y verme a mí, una jovencita inalcanzable, asomada. Cuando acertaba a encontrarme, se arrimaba e intentaba cambiar algunas palabras conmigo, pero la vigilancia interna no le permitía más que un saludo al que le devenían el cierre de los postigos. Pero mmm, «A mí en realidad tampoco me interesaba mucho», le dijo Antonia a Coco con orgullo; luego suspiró con un dejo de ensoñación y prosiguió con el relato.
«Pero tanto va el cántaro a la fuente que un día, indicado por el destino, las cosas fueron diferentes. Era un sábado y José pasó como todos los días caminando junto a la pared de la ventana, que estaba abierta. Yo, que buscaba como siempre ver algo de vida, estaba asomada. Él frenó su paso y se paró junto a mí. ¡Estaba tan cerca! Sólo a un muro de distancia. Él libre y yo conservada. Y ahí fue que rapidito y con mucho disimulo me dijo: – esta noche a las 8, vea hacia el tranvía que yo voy a pasar, parado en el pescante-, y se fue.
El guitarrero
A las 8 de la noche, y como estatua, yo estaba asomada y atenta para ver cuándo venía el «tramway» de ese horario. Estaba exaltada y emocionada, puesto que para mí representaba una aventura, algo excitante y nuevo en mi vida. Entonces escuché la campana y apareció el aparato.

Ahí estaba paradito José Ruíz en el pescante ¡de traje y corbata y con el estuche de la guitarra a su lado! A los gritos me dijo: ¡me voy a tocar a un casamiento! y me saludó con la mano y siguió viaje. Las mujeres somos románticas y esa visión de la transformación de un «tipo mundano» a un «guitarrero pintón», me ganó el corazón.
Dos días después, pasó por mi ventana pero siguió de largo. Para mi sorpresa y emoción, llamó a la puerta -no sin susto-, levantó la frente y pidió hablar con mi padre. Por supuesto que le asignaron una cita para otro día. Regresó en el día pactado y lo atendieron mi padre y dos de mis hermanos; ellos querían averiguar vida y milagro del tipo del «overol». Tal vez fuera por lo educado, o por lo trabajador, o tal vez por lo emprendedor», le dijo Antonia a su nieto con ojos vidriosos y el pecho inundado de amor, «El tema es que le autorizaron a visitarme primero dos días a la semana y luego algo más ¡hasta que, con poco tiempo de espera, nos casamos y fuimos felices! ¿Te das cuenta, Coco? Una vida en donde se apostó al amor, fue una vida bien vivida.»
Levantar la frente, trabajar y nunca rendirse
Para Coco, el día en el cual Antonia le contó su historia de amor, fue inolvidable. En ese instante entendió que él era consecuencia de ese destino, porque de la unión de sus abuelos nacieron sus 5 hijos, todos los nietos y numerosos eventos memorables en la casa de Villa Lugano. Fiestas con guitarras, cantores y bailes; los caballos de su padre y el tío Osvaldo, que vivía en el fondo. Recuerdos de ellos saliendo por un pasillo a la calle a buscar algún sulky y la compañía de los corderos, chanchos, pavos, gallinas, patos, pájaros y hasta ñandúes.
La abuela Antonia falleció en el 2004 con 102 años, lúcida y entera. «Como dijo alguna vez Atahualpa Yupanqui: cada viejo de más de 80 años que se muere, es como una biblioteca que se quema. ¿Ha visto?», le dice Coco cada tanto a quiénes lo conocen y no tanto.

Las enseñanzas no escritas de aquellos viejos, calaron hondo en toda la descendencia, y Coco y su familia conservaron las antiguas costumbres, como la de las reuniones familiares con hermosas peleas de todos contra todos, tan odiosamente queribles. Pero hay una enseñanza que prevaleció por sobre todas: para triunfar en las cosas importantes de la vida, como lo es el amor, hay que tener cierto grado de locura y animarse a tocar la puerta. Hay que levantar la frente, trabajar y nunca rendirse.
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